La actividad propuso una lectura situada del presente del documental latinoamericano, articulando debates en torno a la no ficción, el archivo, el documento y el patrimonio. Más que una revisión descriptiva, el encuentro instaló una discusión sobre las condiciones de producción, circulación y sentido de las imágenes en América Latina.
El director del Centro de Estudios Culturales Latinoamericanos, Leonel Delgado Aburto, situó el conversatorio en una dimensión estratégica para el centro, destacando la necesidad de consolidar la revista Meridional. Revista Chilena de Estudios Latinoamericanos como un espacio de producción y circulación de conocimiento. En ese marco, subrayó que los dos próximos números tendrán sus dosieres dedicados al cine documental, convocando a la comunidad académica a “leer, colaborar, promover, ayudar a visualizar la revista Meridional, apropiársela como uno de los proyectos claves de nuestro centro”.
Desde esa apertura, las intervenciones de Catalina Donoso Pinto, académica de la Facultad de Comunicación e Imagen de la Universidad de Chile; Iván Pinto Veas, doctor en Estudios Latinoamericanos por la Universidad de Chile, académico, investigador y editor de la revista La Fuga; y Mónica Villarroel, doctora en Estudios Latinoamericanos por la Universidad de Chile, académica, investigadora y exdirectora de la Cineteca Nacional de Chile (2015–2022), convergieron en una problematización común: el lugar de la no ficción en las disputas contemporáneas por la memoria y la representación.
La instancia delineó una lectura del presente del documental latinoamericano en la que aparece como un espacio en expansión, atravesado por una creciente diversificación de formas, lenguajes y circuitos de circulación. “En el siglo XXI hay una proliferación increíble del cine documental”, advirtió Iván Pinto, subrayando que este crecimiento no es solo cuantitativo, sino que redefine su lugar en la cultura. Apuntó a que en los últimos quince años el documental se ha vuelto un territorio de exploración donde conviven prácticas muy distintas, desde el registro político hasta la experimentación formal, lo que vuelve cada vez más difícil fijar sus límites y, al mismo tiempo, más productivo pensarlo como un campo abierto.
Esta expansión adquiere sentido cuando se inscribe en una perspectiva histórica más amplia. Mónica Villarroel situó el documental latinoamericano como parte de una trayectoria donde las imágenes han operado persistentemente como dispositivos de memoria e identidad. “Pensar Latinoamérica desde el documental nos da no solamente una construcción de memoria, sino también una construcción de identidad”, afirmó, subrayando que este campo no puede leerse al margen de los procesos políticos y culturales del continente. En esa línea, enfatizó que “cada momento del documental dialoga con su contexto, pero también con una tradición que se reinterpreta constantemente; no hay quiebres absolutos, sino desplazamientos y nuevas formas de narrar lo común”. El presente representa una reconfiguración de lenguajes y preocupaciones históricas.
Uno de los desplazamientos más significativos abordados en el conversatorio se relaciona con la transformación del archivo. Catalina Donoso planteó que este ha dejado de operar como un simple soporte de veracidad para convertirse en un agente activo de producción de sentido. “Hay un trabajo que busca darle a ese archivo una vida propia en el presente”, señaló, introduciendo la noción de “archivo performativo”. Desde esta perspectiva, el documental contemporáneo no se limita a registrar el pasado, sino que lo activa, lo reinterpreta y lo pone en tensión, especialmente en contextos atravesados por la memoria y los derechos humanos.
En esa misma línea, el archivo emerge como un espacio de disputa. Pinto subrayó que el cine documental actual tensiona archivos institucionales con materiales alternativos: familiares, domésticos, marginales, generando una confrontación entre memorias oficiales y contra-memorias. Como ejemplo de esta operación, recomendó el documental La vida que vendrá de Karin Cuyul, obra construida íntegramente a partir de imágenes de archivo que interroga su valor histórico y político, evidenciando que el problema no radica solo en qué imágenes existen, sino en cómo han sido producidas, seleccionadas y legitimadas.
La dimensión patrimonial del archivo fue profundizada por Villarroel, quien puso el acento en los archivos domésticos como un territorio aún en proceso de reconocimiento. Estos materiales, muchas veces relegados fuera de las instituciones, “dan cuenta de la vida íntima de un país”, ampliando la noción de patrimonio más allá de lo estatal. Su incorporación en investigaciones y producciones recientes permite complejizar la memoria histórica y democratizar sus formas de acceso y representación.
En paralelo, la discusión tensionó el propio concepto de cine. Donoso propuso pensar lo cinematográfico desde una lógica expandida, donde los límites entre disciplinas y soportes se desdibujan. En este contexto, su referencia al trabajo de Alicia Vega resulta especialmente significativa. Al evocar los talleres desarrollados por Vega durante décadas con niños en contextos populares, sin cámaras ni dispositivos técnicos, a partir de dibujos y juguetes ópticos, Donoso subrayó que “ese es su cine”, cuestionando la idea de que lo cinematográfico dependa exclusivamente de una tecnología específica. La afirmación desplaza el problema hacia el terreno de la imaginación: el cine como forma de pensar y construir mundo.
Este conjunto de intervenciones configura una comprensión del cine político que se distancia de su definición tradicional. Ya no se trata únicamente de contenidos explícitamente militantes, sino de operaciones más complejas: la activación de archivos, la disputa por la memoria, la reconfiguración de los lenguajes y la expansión de los soportes.
El encuentro, de este modo, delineó un campo en movimiento: el documental latinoamericano contemporáneo se configura como un espacio abierto, atravesado por tensiones, desplazamientos y reescrituras permanentes. En ese escenario, las imágenes dejan de ser meros registros para convertirse en dispositivos críticos desde los cuales interrogar el pasado, comprender el presente e imaginar nuevas formas de lo común.
