Apertura del período de postulaciones 2027:

Alan Martin, director de la Escuela de Postgrado: "Las Humanidades son pertinentes porque forman el juicio con que una sociedad decide qué problemas vale la pena plantearse"

Entrevista a Alan Martin, director de la Escuela de Postgrado.
Alan Martin, director de la Escuela de Postgrado: "Las Humanidades son pertinentes porque forman el juicio con que una sociedad decide qué problemas vale la pena plantearse"

La formación de postgrado en Humanidades y Educación se despliega hoy en un escenario marcado por transformaciones tecnológicas aceleradas, nuevas exigencias de aseguramiento de la calidad, desafíos de internacionalización, debates sobre integridad académica y una pregunta persistente por el lugar del conocimiento crítico en la vida pública. En ese contexto, la Escuela de Postgrado de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile abre una nueva temporada de admisión para sus programas de doctorado y magíster, reafirmando una tradición académica orientada a la formación avanzada, la investigación rigurosa y la reflexión pública sobre los problemas del presente.

La oferta de postgrado de la Facultad contempla doctorados en Educación, Estudios Latinoamericanos, Filosofía, Historia y Literatura; además de magísteres en Estudios Cognitivos, Estudios de Género y Cultura, Estudios Latinoamericanos, Filosofía, Historia, Lingüística, Literatura y Bioética.

A propósito de este nuevo proceso de admisión, el profesor Alan Martin, director de la Escuela de Postgrado, da cuenta sobre los principales avances institucionales de los últimos años, las transformaciones académicas y administrativas de la Escuela, los desafíos del postgrado en Chile y el lugar de las Humanidades y la Educación en un tiempo que exige nuevas formas de pensamiento crítico.

Durante estos años de gestión, ¿Cuáles han sido los principales hitos de la Escuela de Postgrado?

Si algo permite leer estos casi cuatro años como una trayectoria y no como una suma de gestiones aisladas, es un desplazamiento de fondo: el paso del trámite puntual al seguimiento sistemático. Los hitos más visibles del período se ordenan según ese eje.

En aseguramiento de la calidad, no solo se condujeron y cerraron los procesos de acreditación de una parte importante de los magísteres y de los doctorados en Historia y Filosofía, sino que en marzo de 2026 se dio inicio al Calendario de Seguimiento de Planes de Mejora, que se traduce en compromisos medibles en el tiempo.

En internacionalización, el convenio de doble grado con Heidelberg dio paso a un marco general, el Instructivo de Cotutelas Doctorales Internacionales, bajo el cual se consolidaron procesos con Barcelona, París I Panthéon-Sorbonne, Groningen y la Universidad de Buenos Aires.

Para el director de la Escuela de Postgrado, estos avances no deben ser entendidos solo como logros administrativos, sino como parte de una política de fortalecimiento institucional. “Cada área que creció lo hizo acompañada del refuerzo de dotación correspondiente. No se trató de expandir la carga sobre un equipo constante, sino de institucionalizar capacidades”, señala.

Ese mismo patrón, agrega, se advierte en el plano normativo: los avances no quedaron como buenas prácticas informales, sino que se expresaron en instrumentos permanentes, como el instructivo de Educación Continua, el Manual de Buenas Prácticas en la Investigación y las orientaciones sobre uso de Inteligencia Artificial en Postgrado.

“La gestión más valiosa no fue la que resolvió un problema puntual, sino la que dejó capacidad instalada para seguir resolviéndolo”, sostiene.

¿Cómo se ha transformado el postgrado en la Facultad, tanto en lo académico como en lo administrativo?

El postgrado se transformó en estos años sobre dos planos que no siempre avanzan al mismo ritmo: el académico y el administrativo. Buena parte del logro, explica Alan Martin, consistió precisamente en articular ambos niveles.

En el seguimiento estudiantil, la reestructuración de los procedimientos de permanencia sobre los expedientes digitales de U-Campus reemplazó la extensión genérica por la Solicitud de Prórroga de Entrega de Tesis, vinculando la permanencia al avance verificable de la investigación.

“El cambio no es meramente administrativo: modifica el modo en que la Escuela acompaña y no solo tramita la etapa final de la tesis”, afirma.

En internacionalización y graduación, las transformaciones también dialogan entre sí. Las cotutelas y el doble grado abrieron el postgrado a la supervisión compartida con instituciones extranjeras, mientras que la externalización de la evaluación de suficiencia lingüística a Pearson permitió estandarizar un requisito que antes se resolvía internamente.

En investigación, la actualización del protocolo de ética, el Manual de Buenas Prácticas y las orientaciones sobre Inteligencia Artificial elevaron el estándar de resguardo de la integridad académica. Se trata de un ámbito particularmente sensible, no solo por la irrupción de nuevas tecnologías, sino por la necesidad de sostener criterios comunes de responsabilidad intelectual, autoría, uso de fuentes y producción de conocimiento.

Con todo, precisa que la transformación ha sido real, pero desigual. “Lo administrativo se modernizó con nitidez -digitalización, formularios web, plataformas estandarizadas-, pero el desafío formativo de fondo, el de los tiempos doctorales, permanece abierto y solo empezará a evaluarse con los instrumentos recién implementados”, plantea.

En ese sentido, la Escuela cambió con más rapidez sus procedimientos que sus trayectorias. La tarea pendiente, afirma, es lograr que lo segundo acompañe a lo primero.

¿Cuáles son los principales desafíos del postgrado en Humanidades y Educación en Chile?

Para Alan Martin, el postgrado en Humanidades y Educación enfrenta hoy una tensión de fondo: se le pide demostrar pertinencia y productividad con métricas concebidas para otros campos, cuando buena parte de su valor reside precisamente en un pensamiento crítico que no siempre se deja medir con facilidad.

“¿Cómo sostener el financiamiento de trayectorias largas sin subordinar la investigación a la lógica del resultado inmediato? ¿Cómo acreditar sin convertir el aseguramiento de la calidad en un fin en sí mismo? Estas preguntas ordenan los principales desafíos”, indica.

El primero de ellos es el financiamiento, que condiciona las trayectorias formativas, especialmente en los programas doctorales. Las investigaciones en Humanidades suelen requerir tiempos extensos de lectura, archivo, escritura, trabajo conceptual y maduración interpretativa, mientras que el sistema de becas y proyectos no siempre cubre la duración efectiva de esos procesos.

El segundo desafío es la acreditación. Explica que se trata de un mecanismo necesario, pero cuyo sentido depende de su capacidad para traducirse en mejora efectiva. “La acreditación sirve cuando se transforma en mejora, no cuando se agota en el trámite”, señala.

El tercer desafío es la interdisciplinariedad, especialmente en la intersección entre Humanidades y Educación. Esta, advierte, no puede decretarse desde arriba ni reducirse a la simple yuxtaposición de enfoques. Debe construirse en torno a problemas compartidos, porque de lo contrario se obtiene superposición, pero no diálogo.

A estos desafíos se suman la pertinencia social y la vinculación con el medio. Sin embargo, propone distinguir entre pertinencia y utilidad inmediata. “Las Humanidades son pertinentes no porque resuelvan problemas técnicos, sino porque forman el juicio con que una sociedad decide qué problemas vale la pena plantearse”, sostiene.

Desde esta perspectiva, defender el conocimiento crítico como bien público no significa adaptar las Humanidades a criterios ajenos, sino disputar los criterios mismos con que se evalúa su aporte.

En un contexto de crisis democráticas, transformaciones tecnológicas y disputas culturales, ¿qué lugar ocupan las Humanidades y la Educación en la reflexión pública?

La pregunta por el lugar de las Humanidades suele plantearse a la defensiva, como si correspondiera justificar su supervivencia ante urgencias más apremiantes. Para Martin, conviene invertir esa óptica.

En un contexto de transformaciones tecnológicas aceleradas, crisis democráticas y climáticas, desigualdades persistentes y disputas culturales, las Humanidades y la Educación no son un ornamento que la contingencia vuelve prescindible, sino una condición para discernir de qué tratan realmente esas urgencias.

La irrupción de la inteligencia artificial, por ejemplo, muestra con claridad esta necesidad. Cuando una máquina puede generar textos, imágenes, respuestas y argumentos, la pregunta por la autoría, el juicio, la responsabilidad y el sentido no se vuelve obsoleta: se vuelve más urgente. “Las Humanidades no ofrecen soluciones técnicas a la crisis democrática o climática, sino las preguntas sin las cuales las soluciones técnicas se vuelven ciegas: qué forma de vida queremos sostener, qué entendemos por justicia, qué sentido tiene la deliberación cuando la esfera pública se fragmenta”, plantea.

La Educación, por su parte, es el lugar donde esas preguntas se transmiten, se discuten y se ponen en común. Sin ella, el pensamiento crítico no pasa de una generación a la siguiente. Frente a las disputas culturales, las Humanidades ofrecen un espacio de argumentación que no se resuelve por la mayor exposición pública, sino por la fuerza del mejor argumento.

Por ello, su lugar en la reflexión pública no es marginal ni meramente consultivo. Cuanto más técnica se vuelve una época, más necesita de una instancia que interrogue los fines a los que esa técnica sirve.

“Las Humanidades y la Educación cumplen esa función crítica no desde fuera del debate público, sino como una de sus condiciones de posibilidad”, afirma Alan Martin. “Su tarea no es competir con las respuestas de otros campos, sino custodiar las preguntas que impiden que esas respuestas se conviertan en dogma”.

¿Cuáles son los horizontes de la Escuela de Postgrado para los próximos años?

Los horizontes inmediatos de la Escuela de Postgrado ya están inscritos en los frentes que este período dejó abiertos: poner en régimen el Calendario de Seguimiento de Planes de Mejora, ampliar los convenios de cotutela y consolidar la oferta de Educación Continua.

En un horizonte más amplio, Alan Martin proyecta una formación avanzada comprometida en tres escalas que no compiten entre sí, sino que se refuerzan. La primera es el país, sosteniendo una investigación pertinente a los problemas nacionales sin renunciar a la autonomía del pensamiento. La segunda es la región, aprovechando fortalezas ya instaladas, como el peso de los Estudios Latinoamericanos y los convenios con la Universidad de Buenos Aires, para construir un diálogo latinoamericano que no sea provincianismo ni mera importación de agendas ajenas. La tercera es el debate global, participando desde una posición situada, capaz de aportar preguntas propias y no solo de recibir las que otros formulan.

“El horizonte de la Escuela no debería definirse por la cantidad de programas ni por la sola métrica de la acreditación, sino por su capacidad de formar investigadores e investigadoras que piensen con rigor los problemas de su tiempo y de su lugar”, concluye.

Las postulaciones a los programas de postgrado de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile para el año académico 2027 estarán abiertas entre el 6 de julio y el 30 de octubre de 2026. Las y los interesados ya pueden realizar su postulación en línea a través de https://postulacionpostgrado.uchile.cl/

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