¿De qué nos habla el histórico ingreso de niñas al Instituto Nacional?: Posibilidades y urgencias educativas tras este hito

El pasado jueves 11 de marzo los titulares mostraban una noticia que sin duda marcará los libros de la historia educativa chilena: ‘luego de 207 años, el Instituto Nacional recibirá estudiantes mujeres y será Plurigenérico’. Este titular representa un hito no sólo para este liceo y sus futuras estudiantes, sino para la proyección del sistema educativo chileno, o al menos esa es una de las expectativas que viene muy de la mano del deseo de la transformación social y política de la sociedad chilena en su conjunto.

Luego de un proceso lento, a veces con retrocesos y por supuesto siempre con resistencias, en las próximas semanas 250 nombres de estudiantes mujeres quedarán inscritos en una nueva página de la historia de la educación pública como la primera generación de mujeres institutanas, cumpliendo así el sueño de Marina Ascencio, una joven de 11 años que en 2016, mediante una carta pública dirigida a la presidenta Bachelet, solicitó ser aceptada en el Instituto Nacional. Hoy, 5 años después, el cuestionamiento y arrojo de Marina, que puso en jaque la tradición bicentenaria de segregación por género del llamado ‘foco de luz de la nación’ se instala con la fuerza de la sensatez y de la inclusión.

En 2018, luego del estallido de la Ola Feminista y de una serie de sucesos que desnudaron el sexismo anquilosado de la tradición del Instituto Nacional, la comunidad institutana fue tensionada a repensarse y abrir el debate no sólo en torno a la integración de estudiantes mujeres sino también respecto a la normalización de las prácticas (re) productoras de una formación machista, sexista y violenta en tal liceo. De muestra un botón: recordemos el caso del polémico polerón de cuarto medio que llevaba una frase que legitimaba la violencia sexual, y que impulsó a un grupo de estudiantes secundarias de la comuna a desarrollar la primera toma feminista del Instituto. La toma feminista del foco de luz patriarcal y androcéntrico de la nación que ‘repudió su machismo institucional’.

En este mismo año de oleada feminista, el Instituto pidió la colaboración a la Universidad de Chile para desarrollar un proceso de información y reflexión comunitaria desde la perspectiva educativa de género, y que, de cierto modo, sentara bases a la votación que se desarrollaría para aceptar o rechazar el ingreso de las niñas. A ese llamado de colaboración acudimos desde el Centro de Estudios Saberes Docentes, realizando un acompañamiento de todo aquel complejo proceso de deliberación comunitaria, en el cual se fueron develando miradas contrapuestas sobre el ingreso de las mujeres, la fuerza de los roles y estereotipos de género, el peso simbólico de la tradición, y por sobre todo, un afanoso marco de creencias que sostenía el discurso de la excelencia académica en total vinculación con la mantención de un liceo monogenérico (la comprensión de la excelencia educativa nuevamente ligada a la exclusión). Pero también hubo entre aquellas voces quienes enfatizaron la importancia de la educación como un derecho fundamental para todos, todas y todes, y que por tanto, el Instituto Nacional del Siglo XXI no puede decir sí a la discriminación y exclusión. Esas voces ganaron la votación y por eso hoy, 2 años después, estamos celebrando esta noticia.   

Algunas consideraciones sobre este histórico suceso. Primero, representa una evidencia de que es posible la transformación que intenta abordar la demanda de inclusión en las escuelas segregadas, no sólo en términos de género sino en todo el espectro de la diversidad humana. Los movimientos estudiantiles y sociales han puesto con fuerza la demanda por una educación en justicia y equidad, tensionando las segregaciones y violencias cristalizadas en aquellas expresiones más ‘tradicionales’ de la educación chilena.

Segunda consideración, este hito nos pone en frente la posibilidad y desafío de construir una nueva identidad educativa en Chile, donde el modelo educativo entienda la excelencia menos ligada a estándares y buen rendimiento desde un enfoque contenidista y bancario, y más cercana al desarrollo de una formación verdaderamente integral, inclusiva y en justicia para niños, niñas, niñes y jóvenes. Sin duda, una esperanza que va de la mano de una transformación estructural de nuestro sistema escolar, y que en tiempos constituyentes, vale la pena recordar como un ámbito de disputa fundamental.

Hoy es más fuerte la comprensión de una educación de calidad como una educación inclusiva, ello implica que esa educación tiene el imperativo ético-político de garantizar el acceso (entendido como la primera barrera que produce exclusión y desigualdad), la plena participación y el aprendizaje de todos, todes y todas las estudiantes. En tal sentido, si bien es cierto que sólo un 4% de los establecimientos educacionales del país mantienen una diferenciación por género, este avance del Instituto Nacional, uno de los principales establecimientos públicos del país, emblema de la educación pública republicana chilena, resulta ser un gran paso para defender e irradiar la inclusión a todo el sistema educativo.

Pero el celebrar esta noticia y asociarla a rutas de transformación nos lleva también a indicar ciertas advertencias o caminos que hay que transitar previamente. Lo primero es enfatizar que un modelo mixto o plurigenérico no necesariamente se traduce ni garantiza una educación inclusiva y libre de sexismo. El acceso a un establecimiento no asegura en sí mismo igualdad de oportunidades ni procesos educativos libres de sesgos y violencias sexogenéricas para sus estudiantes. Esta advertencia implica un llamado a trabajar en comunidad, con convicción y participativamente, en la transformación de la cultura heteropatriarcal institutana, con foco en la reformulación de su Proyecto Educativo Institucional, pasando por la resignificación del concepto de excelencia educativa hasta una revisión crítica del modelo pedagógico que impera allí. Así, esta transformación cultural debiese pensar en clave crítica tanto la dimensión curricular como la producción cotidiana de interacciones y experiencias sociales de su comunidad, entendiendo que es tan fundamental repensar el conocimiento y su didáctica, pero también los rituales y tradiciones bicentenarias de dicha cultura escolar.  Así, transitar verdaderamente hacia un modelo pedagógico inclusivo, no sexista y con perspectiva crítica de género implica por cierto resignificar también su identidad simbólica y material.

La idea a enfatizar aquí es que la educación verdaderamente inclusiva y libre de sexismo no se consigue por un acto administrativo, sino que es preciso un fuerte trabajo de toda la comunidad por primero forjar la convicción de la transformación, para luego repensar y revisar el proceso educativo que allí tiene lugar, reconfigurando las características de la formación de sujeto y de sociedad que el Instituto Nacional ha definido históricamente dentro de su Proyecto Educativo.

No cabe duda que la entrada de estudiantes mujeres es un hito, pero un hito que más bien representa la institucionalización de lo plurigenérico en el establecimiento, pues en él ya conviven varios géneros. Ahora vienen los desafíos más sustantivos que claramente no pasan por la sola resolución de la infraestructura del colegio, sino por la trasformación profunda de la cultura patriarcal y excluyente que ha caracterizado a este establecimiento durante más de 200 años de historia. Parte de este cambio cultural será la revisión de los modelos pedagógicos y prácticas educativas que reproducen un modelo de relaciones heterosexistas. En este cambio más sustantivo -y urgente- hoy trabaja con ahínco el Pilar de Equidad de Género del IN, donde en conjunto con el Centro de Estudios Saberes Docentes de la Universidad de Chile, un equipo de docentes del Instituto busca movilizar la concreción de un Proyecto Educativo No Sexista desde una perspectiva crítica y con participación comunitaria.

Finalmente, nuestro reconocimiento al estudiantado, docentes, asistentes de la educación, madres, padres, apoderades y equipos directivos que creyeron en que no sólo era posible, sino también urgente cambiar la historia y resignificar el sentido de la tradición y de la excelencia de la educación pública que busca transitar hacia la inclusión.

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