Palabras del Profesor Luis Riveros en memoria del Profesor Marino Pizarro

La Facultad de Filosofía y Humanidades ha solicitado al ex Rector de la Universidad de Chile y Gran Maestro de la Gran Logia de Chile, Profesor Luis Riveros, escribir estas palabras en memoria del profesor Marino Pizarro:

MARINO PIZARRO PIZARRO


Marino Pizarro fue un académico toda su vida. Profesor de Estado, amó al Instituto Pedagógico que lo formó y en el que posteriormente enseñara. Amaba la educación, a la que concebía como la verdadera forma de entregar armas efectivas para enfrentar la vida y para dotar a la persona de valores y actitudes que le hicieran efectivamente un ser humano y un ser social. Hombre de bien y de extraordinaria sencillez, repudió siempre la violencia, y como buen tolerante que era, propició siempre el diálogo, el encuentro, la discusión de ideas. El niño de Montepatria, allá en el Norte Chico chileno, que voló a las alturas de los estudios de posgrado en Estados Unidos y España. Pero siempre el mismo hombre afable y cordial, sencillo y alegre, que no se envaneció con su Premio Nacional de Educación, su Premio de la Organización de Estados Americanos, su Premio Juvenal Hernández, su grado de Profesor Honorario de la Universidad de Chile, todos los cuales exhibía con orgullo legítimo como reconocimiento a una vida dedicada a la educación y a su amada Universidad de Chile, pero también con la humildad del niño que supo de la dureza de la vida.

Dos grandes sufrimientos afectaron su vida. La pérdida de Elena, su compañera por años desde los tiempos estudiantiles. Su recuerdo le hacía a veces llorar con la fortaleza de un hombre que amaba y amó. Esa fue una pérdida que marco un hito en su vida, desde donde pareció experimentar sólo un suave declinar. Pero también sufrió en carne propia la intervención militar en la Universidad de Chile, su Casa querida, expresión republicana del laicismo y de la libertad de conciencia. Esa Casa gloriosa que fue invadida por la violencia y que entonces dejaba de vivir como expresión de la más férrea y sublime voluntad de buscar siempre la verdad. Había sido la Universidad que habían dirigido sublimes creadores y librepensadores como él: Andrés Bello, Valentín Letelier, Juvenal Hernández y tantos otros a los que homenajeaba siempre, aún en esos días difíciles en que callar era lo esperado y lo mandatado por el efímero poder dominante. Dos sufrimientos que achicaron su alma, y que le convirtieron en un ser abrumado por la mano recia del destino. Empero, sus dos grandes satisfacciones fueron: ver como todos, sin excepción, expresaron cariño y admiración por Elena ante su partida inesperada y temprana; y ser el encargado de llevar a cabo la transición desde oscuros días de intervención en la Universidad hacia la elección de un primer gobierno académico elegido por los pares en el año 1990. Grandes tristezas, también grandes satisfacciones.

Ha partido con más de 90 años de presencia entre nosotros. Sus hermanos de la Masonería chilena lo llaman y lo lloran. Ha desaparecido quien fuera su líder máximo durante ocho años, y quien alcanzara las más grandes distinciones en la institución que propicia la lucha en pos Libertad, Igualdad y Fraternidad. Se marcha con la serenidad que marcó su vida, y deja tras de sí el ejemplo de un maestro que nos dijo: "La Francmasonería, cuyo principal objetivo es el ejercicio de la fraternidad, procura, en lo que está a su alcance, la extinción de la pobreza, desdicha social, hija del desequilibrio de las leyes y de la desigualdad de la condición humana y reprueba enérgicamente la pobreza convertida en oficio bajo el nombre de mendicidad pública". Librepensador, académico y hombre venido del esfuerzo de una clase media pujante y muchas veces desprovista de oportunidades, Marino Pizarro nos enseñó que siempre puede más la inteligencia, la bondad, la tolerancia y la consecuencia.

Ahora reposa en paz en el sueño infinito de los justos. Estará bien, allá en el Oriente Eterno, donde marchan los justos, los consecuentes y los bondadosos.

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