Columna de opinión: Saberes desplazados

Columna de opinión: Saberes desplazados

Debatir sobre el currículum es un requerimiento ineludible, ya que pone en juego los saberes que se estiman necesarios para que niños, niñas y jóvenes puedan desenvolverse en sus comunidades y contextos, desarrollándose como actoras y actores críticos y transformadores de la realidad. Sin embargo, hoy nos llega, prensa mediante, el acuerdo del Consejo Nacional de Educación (CNED, Acuerdo N° 057/2919) que aprueba un Plan de Formación General y Diferenciada para la Educación Media, en sus modalidades Científico-Humanista, Técnico-Profesional y Artística, como parte del cursus honorum de una propuesta venida desde el MINEDUC y que fue objeto de variadas observaciones y modificaciones.

Siete fueron las iteraciones, pero -en algún punto- el número mágico se desvaneció y el proyecto original se alejó (o mejor dicho, no fue objeto de diálogo) de otros actores relevantes como el Colegio de Profesores, universidades, las voces de las y los docentes y de las comunidades escolares, para que precisamente fuesen discutidos dichos cambios desde una perspectiva pedagógica, participando democráticamente en lo que a materia curricular se refiere.  El debate ausente nos da, como corolario, una bofetada tremenda a través del desplazamiento de Historia, Geografía y Ciencias Sociales, Artes y Educación Física a la condición de asignaturas optativas en los dos últimos cursos de la educación media, quedando fuera del Plan de Formación General.

Las reacciones no se hicieron esperar, las redes sociales explotaron, emergieron las listas de firmas en change.org y las autoridades comenzaron a argumentar lo inexplicable. No obstante, valga subrayar, que resulta insostenible, desde nuestra vereda, asumir siempre un rol reactivo frente a las coyunturas, cuando los acontecimientos reclaman -por ejemplo a las instituciones de formación docente- un protagonismo contundente que releve lo pedagógico (que también es político) y el reconocimiento de la responsabilidad social que nos cabe en aquello. Asimismo, ya es hora de romper con los resabios autoritarios que definen la toma de decisiones en materia curricular entre cuatro paredes, y que reducen a un rol consultivo la participación de las y los profesores y de otros actores clave (cuando desde los escritorios ministeriales recuerdan que hay que convocarlos para legitimar de algún modo los procesos y muy de vez en cuando), olvidando que estos también son fuente del curriculum.

Por otro lado, el actual panorama de cosas nos hace reflexionar respecto de la sociedad que queremos y del desarrollo de las personas. A propósito, ello trae a colación unas preguntas que el fallecido profesor Hugo Zemelman nos formulara en una reunión en la que participé hace un tiempo: ¿qué aspiramos en educación? ¿a una formación o a una no-formación? Las interrogantes parecen simples, pero son iluminadoras. En efecto, la formación debiese apelar al sujeto y a sus múltiples dimensiones como ser. Un sujeto con conciencia histórica, con capacidad propositiva, que movilice la diversidad de saberes y capacidades que porta, para visualizar alternativas de mundo y poder así actuar en él, lejos de la manipulación, la explotación, la violación de sus derechos, codo a codo con otros y otras. Somos cuerpo, somos memoria, somos expresión sentipensante, creación e imaginación. Por ende, el quehacer pedagógico debiese coadyuvar en el desarrollo de nuestra humanidad en su integralidad (no en un mutilador rol como trabajador y/o consumidor situado en una ciudadanía acrítica), alejándonos de la complicidad con un modelo educativo neoliberal que perpetúa solapadamente la desigualdad, los silencios y el olvido, que jerarquiza y/o proscribe el saber conforme a razones técnicas o instrumentales. Esa es la tarea pendiente con nuestra educación pública, con nuestros liceos, con nuestros niños y niñas, un desafío que es también ético. Y hay que llevarla a cabo: no hay otra opción.  

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