17, 24 de junio/1 y 8 de julio

Prof. David Le Breton inaugurará conversatorios de la Iniciativa Franco-Chilena de Altos Estudios

David Le Breton

La Iniciativa Franco-Chilena de Altos Estudios, instancia de cooperación entre la Universidad de Chile y la Embajada de Francia en Santiago para promover los vínculos y proyectos de investigación existentes entre nuestra universidad y las instituciones afines en Francia, invita al segundo ciclo de conversaciones en el que se discutirá, con visiones en paralelo de invitados franceses y chilenos, sobre lo que se ha podido aprender de las consecuencias de la pandemia y la enorme carga de incertidumbre que persiste en temas como la salud mental, la vivencia de la cotidianidad, la forma de moverse y trabajar y lo que se puede hacer desde las instituciones internacionales.

La inauguración contará con la participación del rector de la Universidad de Chile, Prof. Ennio Vivaldi Véjar, el Consejero de Cooperación y de Acción Cultural de la Embajada de Francia, Sr. Christian Estrade, y la Prof. Margarita Iglesias, Directora Ejecutiva Iniciativa Franco-Chilena. 

El encuentro, además, contará con las intervenciones de David Le Breton (Université de Strasbourg), Andrea Slachevsky (Facultad de Medicina, Universidad de Chile), Álvaro Peña (Facultad de Ciencias Agronómicas, Universidad de Chile), Roberto Aceituno (Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Chile y Presidente del Consejo Directivo de la Iniciativa Franco-Chilena de Altos Estudios), Fabián Duarte (Facultad de Economía y Negocios, Universidad de Chile), Anne Lambert (Institut National d’Études Démographiques), María Angélica Torres (Facultad de Odontología, Universidad de Chile), Guénola Capron (LISST-CIEU, Université de Toulouse Jean-Jaurès / Universidad Autónoma de México-Azcapotzalco), Paola Jirón (Facultad de Arquitectura y Urbanismo, Universidad de Chile, y MOVYT), Enrique Aliste (Facultad de Arquitectura y Urbanismo, Universidad de Chile), Ana María Moure (Facultad de Derecho, Universidad de Chile), Emmanuel Bacry (Academia de Ciencias de Francia) y Alejandro Maass (Centro de Modelamiento Matemático, Universidad de Chile),  

Sobre la irrupción de la pandemia y su significado

Para David Le Breton, profesor de sociología y antropología y miembro de Dinámicas Europeas (DynamE) en la Universidad de Estrasburgo y del Instituto Universitario de Francia (IUF), la crisis sanitaria hace del cuerpo el lugar de la vulnerabilidad, donde la enfermedad y la muerte acechan para atacar por la más pequeña fisura. El aislamiento y las medidas de protección: distancia física, guantes, máscara, le confieren un estatus de peligrosidad. El cuerpo encarna una amenaza, incluso el de las personas cercanas susceptibles de ser portadoras asintomáticas del virus. Su sustancia volátil corre el riesgo de propagarse fuera del individuo.

El coronavirus es un peligro invisible pero que encuentra sus vectores privilegiados en la superficie de la piel o en la respiración. Contamina también a partir de los objetos con los que entra en contacto: manillas de puertas, envolturas, productos en las tiendas, mobilario urbano, monedas o billetes. Se impone una relación puritana hacia al cuerpo por la necesidad de controlar sus relaciones, los contactos, a través de los nunca tan bien nombrados “gestos barrera”. El cuerpo se transforma en una fortaleza sitiada, cuyas fronteras hay que vigilar, sellar, levantar barricadas.

"La “fobia al contacto”, señalada en otro tiempo por Elias Canetti, o lo que he llamado el "desvanecimiento ritualizado del cuerpo en nuestras sociedades" se radicaliza aún más. Hay que lavarlo, purificarlo constantemente, evitar los contactos con los desconocidos. Los apretones de mano, los abrazos, los besos son ahora desaconsejados y cualquier contacto con objetos exige recurrir al alcohol gel para purificarse de gérmenes nocivos". 

Aún más, explica que nuestros intercambios cotidianos son obstaculizados por la necesidad de usar mascarillas, que vuelven las caras anónimas y desfiguran el vínculo social. Detrás de las mascarillas perdemos nuestra singularidad y también una parte del placer de mirar a los otros alrededor nuestro. En nuestras sociedades contemporáneas, en efecto, el rostro es el lugar del reconocimiento mutuo. La única defensa posible contra el COVID-19 es la de impedirle el paso por medio de medidas draconianas de protección. El rostro mismo es una zona de vulnerabilidad por la respiración y los innumerables contactos que todos realizamos en el transcurso del día. Más que nunca, el cuerpo se vuelve frontera. Pero estamos en una situación sin salida. Estas son obligaciones terribles que reducen el gusto de vivir, pero también la única defensa contra el contagio y, por lo tanto, la propagación de la pandemia. Es el precio que hay que pagar para un pronto regreso a las situaciones familiares. Frente a la virulencia de la enfermedad cuando esta golpea, de sus síntomas, estas medidas de contención de los cuerpos son un mal menor. Estas medidas de prevención son, por lo demás, planetarias, no conciernen a ciertas poblaciones más que a otras, es la humanidad entera que es atacada y que se esfuerza para resistir a una potencia destructora anónima.

El mundo entero entró en una fase de liminalidad sin manual de uso. Un período de intervalo a domesticar para construir nuevas ritualidades de vida cotidiana o de interacción con los otros, puesto que los gestos de hospitalidad y de despedida han sido eliminados por los imperativos higiénicos. Los antiguos códigos ya no funcionan y aún nos encontramos en la incertidumbre sobre los que vendrán. Los códigos faltan y habrá que reinventarlos. La economía ha sido desbaratada y tardará en recuperar su estiaje. A las amenazas a la salud le siguen las amenazas al empleo, pero también al panorama de tiendas y empresas del vecindario en el que vivimos. 

De manera general, señala, los mundos contemporáneos avanzan completamente a ciegas hacia un futuro que escapa a cualquier previsión, pero respecto al cual ya dimensionamos los peligros que contiene en términos de impacto negativo de las tecnologías sobre la calidad de la vida, la desregulación del clima, la contaminación, las amenazas del riesgo tecnológico mayor, etc. La mitad del planeta ha vivido el confinamiento. La crisis sanitaria nos recuerda la estrecha interdependencia de nuestras sociedades, la imposibilidad de cerrar las fronteras, ni siquiera las fronteras biológicas entre los componentes de los innombrables mundos vivientes, entre el animal y el humano, o con el medio ambiente en su conjunto. "Todo está vinculado. Estamos inmersos en la materia viviente del mundo, una sustancia entre otras, sin que una frontera delimite realmente a la humanidad de los reinos animal y vegetal, por ejemplo. El cosmos está en nosotros como nosotros estamos en el cosmos. Todo está en todo, ya lo decía Anaxágoras. La aparición del coronavirus es una nueva vuelta de tuerca en un abigarramiento de mundos dentro de un mismo mundo, cada vez más estrecho, cuya arquitectura se vuelve más y más frágil"

Una paradoja, por lo demás, es que al reducir la circulación vehicular y aérea, al detener las innumerables actividades contaminantes, el virus le procuró una especie de respiro ecológico al planeta, y en especial al reino animal. Un estudio finlandés muestra que únicamente en Europa, 12.000 vidas fueron salvadas por el confinamiento y, por lo tanto, por la desaparición de la contaminación ambiental, decenas de miles de niños se libraron del asma. Por lo demás, explica, la disminución del tránsito vehicular salvó decenas de miles de personas que habrían sido víctimas de accidentes mortales. "Esta es la paradoja increíble de nuestras sociedades posmodernas. La crisis sanitaria es un ejemplo de coincidencia de los opuestos. Lo peor nos llama a ser lúcidos sobre el mundo a venir, nos entrega un aprendizaje imparable. Es una prueba trágica que aporta soluciones para un mundo más solidario y más feliz. Después de años de total indiferencia hacia las reivindicaciones sociales de los más desheredados, numerosos gobiernos de derecha han debido desarrollar una política de ayuda hacia los más frágiles. Esta pandemia nos recuerda la necesidad antropológica de compartir. Somos interdependientes tanto para lo bueno como para lo malo".

El Prof. Le Breton advierte que la crisis sanitaria nos plantea numerosas interrogantes y fuerza a cada uno a convertirse en antropólogo de sí mismo ¿Qué es aquello qué más nos falta? ¿Por qué nos sentimos tan trastornados por el silencio del ambiente? ¿Qué es lo que en realidad le da valor a nuestras vidas, el valor de la conversación o de caminar, del contacto con los otros? La experiencia del confinamiento, explica, llegó para romper cierta despreocupación sobre el transcurrir de nuestros días al recordarnos con brutalidad la precariedad de la existencia. Cierta banalidad envolvía muchos de nuestros comportamientos que hoy recuperan su dimensión de sacralidad: tomar un café en una terraza, ir a un restaurante, juntarse con amigos, ir al teatro o al cine, o sencillamente el hecho de salir de su casa cuando se quiere y de volver sin tener que rendirle cuentas a nadie.

"El hecho de desplazarse era tan evidente que ya no era percibido como un privilegio. La crisis sanitaria es, en este sentido, un memento mori, el aviso a una escala planetaria de nuestra inconclusión y de una fragilidad que siempre olvidamos. Restablece una escala de valor escondida por nuestras rutinas. Solo tiene valor aquello que nos puede ser arrancado. El confinamiento recuerda de manera brutal, desde la nostalgia, el valor de las cosas sin valor, esas actividades anodinas de la cotidianidad efectuadas sin pensarlas por lo naturales que nos resultan, pero cuya privación marca su valor infinito. El memento mori es, en efecto, un “no olvides nunca que estás vivo”

 

 

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