Opinión:

Discriminación lingüística en la conversación pública e ideologías lingüísticas que la sustentan

Discriminación lingüística en la conversación pública
Discriminación lingüística en la conversación pública e ideologías lingüísticas que la sustentan

Últimamente hemos presenciado un incremento vertiginoso y peligroso en los ataques dirigidos a Elisa Loncon, principalmente en redes sociales. En esta columna me interesa poner el foco en todos esos ataques que se sustentan en comentarios acerca de su forma de hablar y de comunicarse. Específicamente, quiero referirme a aquellos comentarios que instrumentalizan su forma de hablar con el fin específico de asignarle características negativas de todo tipo a ella como sujeto social, académico y político y, así, restarle legitimidad a su participación en la esfera pública. No reproduciré acá ninguno de los comentarios que circulan. Cualquiera que los haya leído podrá estar de acuerdo con que, en términos generales, quieren instalar la idea que “habla mal”; de hecho, nos dicen, no habla ni castellano ni inglés, por lo tanto, parecen sugerir los comentaristas, que guarde silencio. Es posible observar en todas estas instancias la operación de una forma de discriminación lingüística basada en el acento y las particularidades del uso lingüístico, una forma de discriminación  donde se moviliza una representación particular de la forma de hablar de la “otra” con el fin de emitir evaluaciones cognitivas, valóricas, estéticas, morales acerca de ella. Pero también son comentarios lingüísticos que parecen ocultar otras formas de discriminación.

Como hablante multilingüe, Elisa Loncon, al igual que todos los sujetos hablantes bi y  multilingües, refleja en su forma de comunicarse los rastros que deja el contacto lingüístico, en este caso: el contacto lingüístico forzado y asimétrico entre la lengua mapuche y el castellano, así como el aprendizaje voluntario formal de inglés. Estrictamente hablando y en términos lingüísticos, como lo ha demostrado la literatura especializada, no hay nada deficiente ni incorrecto en su forma de hablar castellano o inglés (como no lo hay en ningún otro sujeto bilingüe). Su acento, y en general su manera de comunicarse, es el reflejo de su propia historia y la de su comunidad, de los límites impuestos por el contacto y de su propia agencia y resistencia, de su necesidad y de sus deseos. Su forma de hablar, como la de todos nosotros, es, en resumen, un índice de su biografía, y es desde ahí desde donde podemos comprender sus características. Pero, si no hay nada incorrecto ni inapropiado en su forma de hablar, ¿cómo se pueden sustentar estos juicios negativos tan extendidos? El argumento que me interesa desarrollar acá es el siguiente: todos estos juicios negativos son posibles gracias a la operación de ciertas ideologías lingüísticas transversales y hegemónicas en la sociedad chilena y fuertemente arraigadas en la discusión pública (a través de una serie de instituciones y discursos), así como al borrado histórico de la diversidad lingüística y cultural existente en el país. Así, si bien acá me refiero a un caso específico, creo que tiene implicancias sociales más extendidas.

Desde la sociolingüística crítica (inspirada por avances en la antropología lingüística estadounidense) se ha hecho un importante trabajo al destacar la importancia de las representaciones, ideas, creencias y actitudes – o ideologías lingüísticas- que los sujetos y comunidades tienen de las diferentes formas de hablar, incorporándolas a sus análisis con el fin de comprender de manera más completa el cambio lingüístico y el lugar que ocupan las lenguas y las prácticas lingüísticas en la organización social, sobre todo (aunque no únicamente) en la reproducción de desigualdades. Estas ideologías consisten en conjuntos de representaciones que dan cuenta de las conexiones que los hablantes establecen entre los fenómenos lingüísticos y el mundo social, y  les permiten racionalizar y justificar sus elecciones lingüísticas y sus comentarios metalingüísticos, en este caso, comentarios acerca del lenguaje de una “otra”.  

Desde esta perspectiva, es posible sostener que los juicios emitidos sobre la forma de hablar de Elisa Loncon y, por extensión, de otros sujetos hablantes con características similares, se sostienen en una ideología lingüística particular que supone la existencia de una forma estándar (natural y objetivamente correcta y apropiada, superior) de español y también de inglés. Esta ideología de la lengua estándar se usa luego como referencia para evaluar a todas las otras variedades de la lengua en cuestión y, se proyecta, y esto es lo importante, a los sujetos que hablan esas otras variedades. Esta ideología es movilizada (principalmente por grupos que tienen poder material y simbólico en la sociedad) con el fin de organizar y jerarquizar el mundo social sobre la base de una valorización estratificada de la diferencia lingüística que toma como referencia el supuesto estándar: en otras palabras, permite justificar en la diferencia lingüística las asimetrías de poder. Como resultado, entonces, hay formas incorrectas e inapropiadas de hablar (dependiendo de cuánto se alejen de la forma estándar) y, por lo tanto, sujetos hablantes deficientes, pues hablan de forma incorrecta e inapropiada y que necesitan ser disciplinados o excluidos de la conversación pública, pues esta estaría reservada para los representantes del buen hablar (y si se quiere ser un participante legítimo, entonces habría que imitar ese supuesto estándar, ocultando cualquier rasgo -lingüístico como corporal- que nos delate). Esta forma estándar la representaría, además, un supuesto hablante nativo monolingüe de cada lengua, con lo que se impone un sesgo monolingüe para entender el habla de sujetos multilingües. Este hablante nativo sería el hablante auténtico y legítimo de la lengua, aunque, (y esto se suele ocultar) estaría marcado por determinadas características de “raza”, género y clase social (porque, he aquí las contradicciones, no todos los hablantes nativos gozan de los mismos privilegios). 

Estas ideologías, gracias a los discursos e instituciones que las promueven, son utilizadas para construir sujetos hablantes de diferentes categorías mediante la naturalización y esencialización de la relación entre una forma de hablar y ciertos rasgos individuales (y grupales): “hablar mal” sería clara evidencia de incompetencia en otros ámbitos y se asociaría de manera esencial a cuerpos con características diferentes a la norma (“negros”, migrantes, “indios”, “discapacitados”, viejos, niños, jóvenes, mujeres) que, además, habitarían ciertas áreas geográficas (comunidades rurales, poblaciones). Se asocia la forma de hablar a una imagen o tipo social como si esa forma de hablar expresara una cualidad esencial, inherente, natural del grupo. Así, solo es posible decir que alguien habla un castellano incorrecto y un inglés deficiente si se tiene como referencia la forma (imaginada) estándar de ambas lenguas, con sus supuestos hablantes nativos monolingües como representantes. Y solo es posible decir que esa persona es incompetente por su forma de hablar, si esas formas de hablar ya están asociadas a sujetos sociales deficientes (con cuerpos particulares que también los delatan como ajenos a la norma representada por el hablante nativo). 

Así, independientemente de las características objetivas de los usos lingüísticos de quienes hablan, nuestro escuchar ya está de cierta manera condicionado por estas representaciones y actitudes en torno a esos usos lingüísticos y a esos cuerpos y tipos sociales con los que los asociamos. Al revelar el carácter ideológico (no neutral, interesado) de estas asociaciones podemos darnos cuenta de que los comentarios acerca de las prácticas lingüísticas pueden ser utilizados simplemente para expresar de manera indirecta (y ni tanto), juicios de corte clasista, misógino y racista (a fin de cuentas, sostiene el sentido común, son los pobres los que hablan mal, y los indígenas los que no han aprendido bien el castellano, y los migrantes que tienen esos acentos, y todo esto reflejaría las supuestas deficiencias de esos grupos). 

La defensa de los sujetos hablantes discriminados por su forma de hablar, debe ir necesariamente acompañada, entonces, de un reconocimiento y crítica de aquellas ideas lingüísticas que se han movilizado y naturalizado históricamente en Chile para justificar la desigualdad y construir el déficit en la diferencia lingüística, para cerrar el acceso a recursos materiales y simbólicos, para ridiculizar, discriminar y deshumanizar. No es tarea fácil, pues la ideología de la lengua estándar y la corrección lingüística tienen fuertes raíces históricas en la sociedad chilena (de aquí, el lugar común que dice que ”los chilenos hablamos mal”, y, por supuesto, en Chile será más aceptado decir que alguien habla mal que expresar desagrado porque ese que habla es mujer o indígena o migrante). Igualmente, el nativohablantismo (o la superioridad lingüística del hablante nativo monolingüe) y el sesgo monolingüe siguen muy arraigados en la enseñanza de inglés en el país y en la comprensión, en general, del bilingüismo. Estas son ideologías lingüísticas muy difundidas en instituciones de educación, en los medios y en la conversación pública. 

Además, reconocer y criticar estas ideologías tampoco es tarea fácil pues incluso algunos sectores progresistas en la izquierda chilena (cuyo norte es la justicia social) suelen ser extremadamente conservadores cuando de cuestiones lingüísticas se trata (solo basta recordar los ataques, críticas y ridiculizaciones de parte de la propia izquierda a quienes promueven, por ejemplo, el uso del lenguaje inclusivo). La izquierda chilena, al parecer, no posee realmente una teoría lingüística que le permita comprender el carácter profundamente político (más allá de los lugares comunes) de las prácticas lingüísticas y aún no se desprende de una visión multiculturalista y de discursos celebratorios de la diversidad lingüística. En el mejor de los casos, las buenas intenciones de algunos solo refuerzan estas ideologías (como cuando se crítica de vuelta una forma de hablar buscando un empate, o durante el trabajo de la ex CC cuando se defendía que la machi Francisca Linconao no hablara castellano de forma “correcta” pues su lengua materna es el mapudungun... Paradojas de la vida, en este último caso fue Teresa Marinovic quien recalcó que la machi sí hablaba castellano, le reconoció su estatus de hablante bilingüe -obviamente para fomentar su propia agenda-, mientras que la izquierda se conformaba con un discurso paternalista comprensivo de los “errores”). 

No seremos capaces de entender y resistir el acoso a sujetos por su forma de hablar si seguimos sosteniendo que las lenguas son sistemas abstractos con existencia autónoma de los hablantes y que estos, al hablar, solo entregan una pobre versión de una forma ideal abstracta. No seremos capaces de interrumpir la discriminación lingüística si solo creemos que esta consiste en comentarios acerca del lenguaje y no, también, acerca de esos cuerpos que hablan y que pueden funcionar para mantener desigualdades, el racismo y el clasismo. El caso que he discutido acá nos demuestra, más bien, que debemos entender las lenguas como conjuntos de recursos y prácticas sociales ideológicamente definidas que circulan de forma desigual en diferentes espacios discursivos. Su valor no es esencial ni natural, sino que se construye socialmente (algunos recordarán a Bourdieu sobre estos puntos) en estrecha relación con la construcción de otras diferencias sociales. Este caso nos debe llevar a comprender, asimismo, que como hablantes no somos solamente los codificadores y decodificadores que supone la teoría saussureana, ni tampoco somos los hablantes nativos monolingües ideales del modelo chomskiano. Somos sujetos hablantes históricos con repertorios lingüísticos que dan cuenta de nuestras biografías, y nuestras prácticas lingüísticas son prácticas situadas de creación de significado en un contexto político, cultural y económico particular que crea las condiciones para su valoración. Como sujetos hablantes intervenimos y nos posicionamos en el mundo social con nuestra voz, cuerpo y agencia, pero, a la vez, somos enmarcados por discursos que nos posicionan y clasifican, discursos que, por ejemplo, nos legitiman o deslegitiman. Debemos poner atención a estos discursos.

Para finalizar: como mencioné, Elisa Loncon es una sujeto hablante multilingüe. Para muchos esto podrá ser visto como una excepción, como un caso especial. En realidad, es lo opuesto. Los sujetos hablantes multilingües son lo típico en términos sociolingüísticos. Existe un sesgo monolingüe que impide reconocer esto. El monolingüismo al que estamos acostumbrados es más bien la excepción, un producto sociolingüístico histórico como resultado de una serie de operaciones políticas, a través de diversas instituciones, sobre la diversidad lingüística desde antes del inicio de la república de Chile y que fueron continuadas por esta. Como sociedad, aun somos ignorantes respecto de la diversidad lingüística en nuestro país y de las características sociolingüísticas bi o multilingües de muchos contextos cotidianos. En este sentido, un aspecto interesante del caso que discuto acá es que ninguno de los comentaristas que critican la forma de hablar castellano o inglés parecen ser capaces o estar interesados en emitir juicios tan absolutos respecto de la manera de hablar mapudungun (aunque seguramente acá se reflotarían los juicios que promueven la inutilidad de las lenguas indígenas). Quienes se han levantado en defensa, por otro lado, parecen no estar tan interesados en discutir las restricciones que la esfera pública presenta a la necesidad y posibilidad de la conversación y deliberación multilingüe. 

Este caso revela la importancia de revisar nuestras teorías en torno al lenguaje y su conexión con la sociedad, así como comprender las características y las operaciones ideológicas de aquellos discursos que promueven el déficit lingüístico (aunque sea de forma no intencional) y, a través de él, el racismo y el clasismo y otros tipos de desigualdades sociales. Solo así podremos comenzar a combatir la discriminación lingüística en nuestra sociedad.

Algunas lecturas recomendadas:

  • Rojas, Darío. 2015. ¿Por qué los chilenos hablamos como hablamos? Uqbar Editores
  • Rosa, Jonathan. 2019. Looking like a language, sounding like a race: Raciolinguistic ideologies and the learning of Latinidad. Nueva York: Oxford University Press.
  • Zavala, Virginia y Michele Black (eds.). 2017. Racismo y Lenguaje. Lima: Fondo Editorial de la PUCP.

 

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